El gallito de La Catedral

Libro: Tradiciones Quiteñas
Autor: Guillermo Noboa Rodríguez
Audio: CIESPAL

Todavía los pocos octogenarios del barrio de Santa Catalina, cuentan las hazañas de Don Ramón Ayala y Sandoval, hombre de recia musculatura, valiente, aficionado a la vihuela y también a las deliciosas mistelas que hace muchos años elaboraban las manos delicadas de la linda y dulce “Chola Mariana”.

Pero esto no tuviera nada de raro, si entre las aventuras de Don Ramón, no se hubiera mezclado el gallito de la Catedral, que sobre todo cuando éramos niños, robó tantas veces nuestra admiración y curiosidad , que aún luce su arrogancia sobre las cúpulas y techumbres coloniales del viejo templo metropolitano.

Dicen que Don Ramón, llevaba una vida sujeta a un horario estricto, haciendo honor a sus cuarenta años de soltería. Se levantaba a las seis de la mañana, se ponía un gran poncho de bayeta, cruzaba por varios corredores de su amplia casa solariega, bordeada de tiestos con hermosas flores, y luego se dirigía al patio cercano a la huerta, donde cacareaban las gallinas y una robusta vaca negra amarrada a una estaca, esperaba pacientemente el ordeño, mientras el ternero hacía vanos esfuerzos por liberarse de la soga que le aprisionaba.

Y claro, cuando Don Ramón se presentaba en ese pedazo pintoresco de la heredad, la servidumbre se apresuraba a servirle una escudilla llena de la mejor leche, “la postrera”, en la que se había vertido unas cuantas gotas de algún sabroso licor.

Después, Don Ramón daba sus órdenes al guasicama, paseaba un poco por el gallinero, el jardín y la huerta, fumando un buen cigarro, para dirigirse luego al comedor y desayunar con un plato repleto de lomo fino asado, papas enteras y un par de huevos fritos, terminando con un taza de exquisito chocolate, pan de huevo y el delicioso queso de Cayambe.

Satisfecho su estómago, Don Ramón pasaba a la biblioteca que conservaba más como un recuerdo de sus nobles antepasados, que como un medio para distraer su despreocupado e inquieto espíritu. Allí meditaba en lo agradable de la vida, y en la gratitud que debía a los que supieron dejarle una hacienda saneada y productiva.

Y siguiendo su diaria costumbre, mandaba a invitar al maestro de capilla de la Catedral, al señor escribano o a algún linajudo amigo con el que almorzaba en abundancia, charlaba con entusiasmo sobre las debilidades de las familias más encopetadas, despidiéndoles después con inimitable afabilidad.

Dedicaba una hora a la siesta, se hacía luego un masaje con agua olorosa y a las tres de la tarde salía a la calle derramando elegancia y salud.

Paso a paso se encaminaba a la Plaza Grande y llegaba al pretil de la Catedral.

Entonces se paraba y con gesto desafiante, miraba al gallito de las cúpulas exclamando con despectiva sonrisa:
- Qué gallito! Qué disparate de gallito!

Y seguía su camino por la bajada de Santa Catalina hasta la casa de la Chola Mariana, en donde entraba, porque en ese tiempo, era muy concurrida por los señoritos que gustaban tomar buenos licores.

Pero a más de esto, añaden los viejos relatantes que Don Ramón era uno de los más asiduos admiradores de la “chola”, cuya belleza provocaba la envidia de muchas hermosas de la aristocracia.

El sol bañaba de luz la blanca fachada de la casa de la bella del pueblo, hasta cuando las campanas de las iglesias cercanas daban el primer repique llamando a los devotos para las plegarias de la tarde.

Casi al instante, todos los días con rarísimas excepciones, una voz de trueno salía de aquella casa, de manera que los tranquilos vecinos que pasaban, se detenían para averiguar lo acontecido.
- El que se crea hombre, que se pare enfrente! Cascajo! Que para mí no hay gallitos que valgan! Ni el de la Catedral! Ni el de la Catedral!!!

Era Don ramón que habla saboreado en exceso las deliciosas mistelas de la atractiva “Chola Mariana”.

El noble descendiente salía del grato refugio con los carrillos encendidos de color, y echando palabrotas sin medida. Mas cuando arreciaba su coraje, era cuando llegaba al pretil de la Catedral y divisiva al gallito con la cresta erguida y en actitud de pegar picotazos al primero que lo mentara.

Don Ramón no podía soportar que haya un gallo que le superara en coraje, y originaba el más tremendo de los escándalos.

Había mujeres amantes de la oración, que al escuchar las palabrotas de Don Ramón, se santiguaban con temor y huían como si vieran al mismo diablo.

Era preciso que el sacristán de la Catedral, abandone sus servicios religiosos y salga apresurado a calmar a su encumbrado amigo. Y en realidad, era el único que le convencía y le alejaba del sagrado lugar.

Esto pasaba todos los días. En vano un respetable político primo de Don Ramón, le suplicaba para que se modere y evite los repetidos escándalos; en vano el sacristán, el escribano y otros de sus íntimos amigos le rogaban que deje sus bravatas contra el gallo de la Catedral, porque cometía una ridiculez que excitaba la risa de los vecinos; en vano un encargado de la Curia le llamó la atención para que entre por el camino del arrepentimiento.

Hasta una monjita de Santa Catalina, prima suya, intervino con sus súplicas para que cambie de vida y repare sus faltas.
Pero no hubo remedio, pues para Don Ramón eran irresistibles las mistelas de la Chola Mariana y consideraba su peor enemigo al gallo de la Catedral.

Mas sucedió una vez, que Don Ramón había tomado más de lo ordinario, de modo que al regreso a su casa como de costumbre, con todo su valor en la cabeza, dio las ocho de la noche cuando estuvo en el pretil de la Catedral.

A la luz de los faroles colgados de las altas paredes del templo, vio entonces que de las anchas columnas del centro, salió erguido como siempre el gallito amarillo de las cúpulas; pero a medida que avanzaba iba creciendo extraordinariamente de tamaño.

Hasta que cuando estuvo bastante cerca y Don Ramón se disponía a gritarle, “para mí no hay gallos que valgan! Ni el de la Catedral!, se le atragantaron las palabras, porque el gallo alzó su enorme pata y rasgó con su espada las piernas del noble, que cayó secamente al suelo. Luego levantó airado el pico y sentó un feroz golpe en la cabeza, haciéndole ver un mundo de centellas.

Horrorizado Don Ramón, pesó la tristísima situación en que se encontraba, y no tuvo empacho en suplicar al furioso animal que le perdonara todas las ofensas. Su asombro creció todavía, cuando el gallo abriendo el descomunal pico, pronunció con voz ronca estas terminantes frases:
- Me prometes que no volverás a beber las mistelas de la Chola Mariana, ni ninguna otra?
- Lo prometo!, exclamó como queja el varón.
- Prometes no lanzar injurias contra el gallo de la Catedral, ni contra ningún ser humano?
- Lo prometo! Jamás volveré a tomar ni agua, menos licor! Ni volveré a decir esta boca es mía!

En ese momento el gallo juntó con esbeltez ambas patas y alzando ceremoniosamente el pico, dijo:
- Levántate pobre mortal, y ten cuidado que si vuelves a tus faltas, en este mismo lugar de esperare para dar fin a tu vida, después de sufrir el castigo que merezcas! Levántate y vete!

Después desapareció y no se supo el misterio del espeluznante acontecimiento.

Aunque muchos decían que el autor del encantamiento había sido el sacristán de acuerdo con el escribano, algunas devotas de la Catedral, daban por cierto que era obra de los espíritus del otro mundo.

La verdad es que Don Ramón llevó en adelante vida de recato, y no volvió a probar ni gota de aguardiente. Ni siquiera de las inocentes mistelas.

Sin embargo, un día se le antojó pasar por frente a la casa de Chola Mariana; nada más que pasar.

En efecto, cumplió su deseo, y al mirar desde afuera los llamativos colores de las mistelas colocadas sobre una mesa, casi se animó a entrar; pero su fuerza de carácter y el recuerdo de la picada del gallo le detuvieron.

Casualmente, se encontró con su amigo, el escribano.
- Hombre!, le dijo al estrecharle entre sus brazos. Usted Don Ramón ahora sí merece un premio, porque ha sabido salir por la dignidad de su nombre, y dejar para siempre el vicio de las mistelas. Ya iré a su casa y sabrá el premio que le hemos alcanzado sus amigos!

Y se despidió Don Ramón quedóse pensativo, y aquello del premio le hizo reflexionar.
- El premio! exclamó después de monologar un momento. El premio es bien merecido! He probado a la sociedad lo que puede un hombre de la integridad de un Ayala! He probado que donde un Ayala promete una cosa, la cumple al pie de la letra! Y en fin, he probado que soy todo un hombre! De veras que merezco un premio! Qué carambas!, continuó Don Ramón. El mejor premio será una copita de mistela. Nada más que una sola!

Y luego de divagar un instante, entró resueltamente donde la “chola” y se quedó. Y al toque de la oración, la figura de Don Ramón volvió a destacarse en el pretil de la Catedral, y su voz tonante volvió también a decir:
- El que se crea más hombre, que se pare enfrente! Para mí no hay gallitos que valgan! Ni el de la Catedral! Cascajo! Ni el de la Catedral!!!

Estaba probado: Don Ramón no tenía remedio.